La economía de la región se resiente. El turismo ha caído un 30%, y los inversionistas evitan La Araucanía y las vecinas provincias del Biobío y Los Ríos. Esto agrava la pobreza, que a su vez alimenta un ciclo de violencia. El reconocimiento cultural desempeña un papel fundamental. En 2025, se introdujo un curso obligatorio de lengua mapudungun en los planes de estudio de las escuelas de la región. Esto representa un paso hacia el respeto a la identidad, pero muchos padres están preocupados por la calidad de la educación.
La Iglesia y las ONG trabajan por la reconciliación. La Diócesis de Temuco organiza encuentros entre campesinos y comunidades mapuches para encontrar soluciones a las disputas locales.
Los expertos advierten que, sin un enfoque integral —que abarque la tierra, la cultura, la economía y la seguridad—, el conflicto persistirá durante años. Como lo expresó un historiador de la Universidad de La Frontera: «Esto no es terrorismo; es un trauma histórico que requiere sanación, no represión».
Para la población del sur de Chile, la seguridad y la dignidad no son abstracciones. Quieren vivir sin miedo y con respeto a sus raíces. La respuesta del Estado no debe ser la vigilancia, sino la justicia.
